No me amargan los pepinos
Cuando me sente en aquella silla de fino cáñamo, mi culo se encogió de golpe al notar que algo líquido rezumaba de sus adentros. Seguramente algún comensal de alta alcurnia hubiese querido plasmar su firma, con tan elegante manera que, decidió relajar sus esfínteres hasta inundar el fieltro raído con saña leonina. No supuse ni por un momento en mi vida que ese comedero de patos caliente pudiera empapar tan rápido y expandirse de manera tan fatal.; pero así fue. Y como un tigre con sus huevos pegados al ano, viví aquel episodio que trataré de relatar, con la calma y el sosiego que buenamente pueda tener.
La carta que un camarero me acercaba a pasos de gnomo estreñido hasta la mesa, no estaba confeccionada para lumbreras. No había opción a equivocarse con los cuatro menús de temporada, como tampoco en los precios redondos que al parecer costaba la comanda. En mitad de aquella solitaria hoja de acartonadas arrugas medio mugrientas, sobresalía un soberano manchón de grasa, o al menos eso mismo quería suponer. Si hubiese rascado un poco con la uña de la pierna, seguro que hubiese atravesado aquel vetusto pergamino, pero no hizo falta. Apenas veinte minutos bastaron para averiguar el significado de “Paltu comvinau de la cuasa”. Una delicia a simple vista y, cómo no, de los aromas que venían de la cocina, que por cierto lindaba con los aseos. De estos últimos y con andares de lo más variado, forjaban lo que entre mentes retrasadas podría llamarse “itinerarios de gilipollas”, abriendo y cerrando sin cese aquella puerta descamada que, con permiso o sin él, dejaba salir desaforados e irrespirables aires repodridos. Yo no sabía con seguridad si la gentuza se metía en el restaurante a probar las delicatessen del chef o directamente a cagar. Pero claro, no era normal, para nada, tal aberración. Es más, aquello era un atentado a la vida humana, pues no se podía soportar el hecho de estar comiendo un plato de lo que fuera, mientras un tufo del tamaño de su puta madre aderezaba las viandas con aliño de la casa.
Yo me pedí una pescadilla de ración, de esas que se muerden la colita y en el medio plantan algún relleno ( en algunos restaurantes ponen patatas; en otros menos pudientes descargan algo de zanahoria…Pues en medio del pescado ese me colocaron un cacho de perejil mustio con un guisante. ¡Pero a santo de qué me ponen un guisante!). Pues nada, que me quede mirando a esa melancólica pescadilla, rivalizando entre ambos con la pena en nuestras miradas, mientras la puerta del bater no hacía más que abrirse una y otra vez. Cada vez que intentaba llevarme a la boca un pedazo de aquel pan duro como las piedras, algún energúmeno salía de aliviarse pero bien. Con ese olor, ya me hacía yo una idea de la magnitud del moñigo que debía guarecerse en el fondo de esa pobre cisterna, lijada por cientos de culos peludos, tragando heces siniestras cada día; lo cierto es que no la envidiaba nada.
Me termine como pude las tres cuartas partes del pez y pedí la cuenta con prisa, para salir pitando de ese antro y escapar por la puerta grande. El precio, al menos lo mantuvieron, en eso fueron serios y no como el gobierno. Trate de separarme de la mesa alejandome de ella y, al tocar con los dedos el fondo del asiento, algo se pegó a mis dedos medios ( que concretamente son los más largos, por si hay alguien de Murcia ), dejandome en la más absoluta perplejidad…hasta que comprobe que una colección de mocos espumeantes me había llevado de recuerdo como souvenirs, en forma de llaveritos.
No me atreví a entrar en esa cuadra de servicio, por si en mitad de la incursión pillaba una triquinosis, por lo que le felicité al camarero estrechandole la mano y devolviendole lo que era suyo. Y es que no me gusta quedarme con nada que no es mío.
Pero claro…si las cosas suelen ir parejas, me siento con fuerzas para decir , que tanto me disgusta un festín de mala muerte en tan semejante cuchitril, como soltar una verdad como un piano. Y no es otra que al llegar a mi casa al fin, sacié mi solemne hambre de dinosaurio desesperado con un bote de pepinos del Carrefour. Me puse las botas zampandome un par de ellos o nueve y, ni por lo más remoto me parecieron amargos…por ninguna de sus partes ni extremos. Para que luego hablen de refranes…
